María del Pilar Carmelo Teresiano
Sumario: 1. La Dirección espiritual en la Iglesia; 2. Necesidad de la dirección espiritual; 3. Los estragos que puede hacer un mal director espiritual; 4. ¿Cómo debe ser el director espiritual?; 5. Comportamiento con el director espiritual; 6. Recomendaciones de san Juan de la Cruz al dirigido; 7. Libertad para consultar a otros confesores o maestros de espíritu; 8. Alcanzar de Dios, directores espirituales sabios y competentes.
Presentación
Tanto santa Teresa de Jesús como san Juan de la Cruz, el Espíritu Santo los implicó en uno de los momentos más críticos de la Iglesia católica en la formación de mujeres orantes. Para este empeño les llenó de sabiduría. Aunque los dos son verdaderos maestros de espíritu, ambos insistieron en la necesidad de un maestro espiritual para progresar hacia la unión con Dios. Sus enseñanzas no han envejecido, sino que son hoy tan útiles como ayer. En el contenido son complementarias y se enriquecen mutuamente.
1. La Dirección espiritual en la Iglesia
El tema de la ayuda necesaria del director espiritual tiene, sin duda muy hondas raíces en la tradición cristiana. Casi todos los autores insisten en su conveniencia y más particularmente los Padres del desierto que supieron aplicarla con tanto provecho.
La dirección espiritual se ha definido como la ayuda espiritual que se recibe en la Iglesia de una persona capaz, libremente elegida por un sujeto para que la guíe por los caminos del Espíritu. O sea es recurrir a la ayuda y guía de personas competentes, para mejor responder a la gracia de la vocación de Dios.
La dirección espiritual es una ayuda concreta en el camino, en forma de discernimiento, aliento y aclaración. Los principios generales deben ser aprendidos y enseñados colectivamente, en libros, clases y conferencias. En este servicio eclesial se han significado los carmelitas descalzos, que en su impagable estudio sobre la acción del Espíritu Santo en los santos del Carmelo han podido hacer una gran contribución a la Iglesia, y a través de la Bibliografía Internacional de Espiritualidad (BIS) son un referente para todas las Universidades de la Iglesia católica del mundo.
De este modo, aprendiendo con libros y revistas especializadas, y ante todo con la lectura de las obras de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz, las consultas con el director espiritual, se centran en la vida espiritual del dirigido.
El sujeto toma la iniciativa y decide seguir con fidelidad exigente la llamada de Dios a la santidad con mayor generosidad y disciplina. Este paso precede a la búsqueda del director espiritual. Hay formas institucionalizadas de dirección espiritual, que incluso designan al director, así como la frecuencia del trato. Aconseja el P. Federico Ruíz: «Si hay posibilidad de escoger, conviene probar antes sin compromiso, empezar con poco. […] Debe buscar una persona que pueda ayudarle y le inspire confianza»[1].
Una vez se ha escogido debe establecerse entre el sujeto y el director una relación de sinceridad. Lo que le diferencia de otras formas de ayuda espiritual, es que al director espiritual, se dan a conocer, «no sólo las faltas morales como el confesor, sino el ser real, psíquico, personal, con sus tendencias y reacciones, preferencias y repugnancias. Al consejero ocasional se le manifiesta el hecho o problema con el cuadro de circunstancias útiles o necesarias para poder juzgar. Al director espiritual se le muestra la vida espiritual, la persona, la existencia. […] Se trata de una ayuda continuada y duradera, no de simple consulta ocasional»[2].
Hay que tener en cuenta que «Pedir ayuda espiritual a una persona competente implica confianza y docilidad. Sabiendo que el director posee doctrina y experiencia, que le conoce a fondo, sus consejos y prescripciones deben ser tomados con profunda consideración y respeto. El discernimiento se puede hacer en diálogo y confrontación. En cambio, si el sujeto advierte que necesita argumentos especiales y continuas discusiones para convencerse de cualquier indicación es mejor que lo deje»[3]. El director espiritual ha de tener al menos tres cualidades fundamentales: ciencia, prudencia y experiencia.
Sin embargo, como indicará Federico Ruíz: «Las valoraciones y sugerencias del director espiritual tienen un alcance limitado, ya que goza de información confidencial y trato directo; pero no conoce a la persona como ésta “se revela” en su cotidiano vivir, convivir, amar, sufrir, reaccionar, etc»[4]. En cambio sus indicaciones sobre la vida espiritual son de gran importancia, ya que él si es un buen letrado, a la vez que espiritual y el Señor le da luz, está capacitado para comprender estados espirituales complejos. Para ello son necesario grandes letrados, ya que como dice santa Teresa de Jesús «tienen un no sé qué grandes letrados, que como Dios los tiene para luz de su Iglesia, cuando es una verdad, dásela para que se admita; y si no son derramados sino siervos de Dios, nunca se espantan de sus grandezas, que tienen bien entendido que puede mucho más y más» (5 M 1,7).
2. Necesidad de la dirección espiritual
Santa Teresa Benedicta de la Cruz decía que vivir en el Carmelo, es «vivir en el santuario más íntimo de la Iglesia» (Cta. 27.8.1933). Sus miembros, son llamados a vivir la más alta vida espiritual, no sólo para extasiarse contemplando la belleza de Dios, o dialogar con el Amigo que nunca falla, sino también para dejarse transformar por el Espíritu Santo en Cristo intercesor, de modo que sea Jesús en la carmelita quien suplique al Padre para que la humanidad acoja la redención de Cristo, por las necesidades esenciales de la Iglesia….
Le es tan preciada a Dios la oración de quien intercede por la Iglesia, que el Espíritu Santo para acelerar la conformación con Cristo intercesor, mientras la carmelita ora por la Iglesia, puede acontecer en su interior gracias místicas de distinta índole. Necesita ésta de un director espiritual para que pueda interpretar lo que le acontece, le ayude a descubrir el valor de las mismas y su significado, la oriente hacia la unión con Dios, para que acontezca en ella la unión transformante o matrimonio espiritual. En otras, el Espíritu Santo las llevará por caminos de oscuridad, sequedad, noches interiores. También ella necesita del director espiritual para que le dé luz, y le ayude a comprender la acción del Espíritu Santo, para que no se sienta abandonada de Dios, y no abandone la vida de oración, incluso no se desespere, sino que siga adelante hasta la cumbre del amor, y se dé en ella también la unión transformante.
Como a estas alturas está destinada a vivir la carmelita al participar de la intimidad con Dios de la Virgen María, y el profeta Elías, necesita forzosamente un director espiritual. Este es el pensamiento de santa Teresa de Jesús, por mucho que sufriera con directores poco letrados. Ella querrá poner las bases para asegurar que sus hermanas cuando fue priora de la Encarnación y de sus hijas tengan una buena dirección espiritual. Estas bases las expone en los capítulos cuatro y cinco del Camino de Perfección.
San Juan de la Cruz se dedicó abnegadamente a la dirección espiritual. Él consideraba que era absolutamente necesario para todos el guía, pues nadie sería capaz por sí solo caminar sin equivocarse. Dirá en Dichos de luz y de amor,
«El que solo se quiere estar, sin arrimo de maestro y guía, será como el árbol que está solo y sin dueño en el campo, que, por más fruta que tenga, los viadores se la cogerán y no llegará a sazón. El árbol cultivado y guardado con el beneficio de su dueño, da la fruta en el tiempo que de él se espera. El alma sola, sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo: antes se irá enfriando que encendiendo. El que a solas cae, a solas se está caído y tiene en poco su alma, pues de sí solo la fía. Pues no temes el caer a solas, ¿cómo presumes de levantarte a solas? Mira que más pueden dos juntos que uno solo. El que cargado cae, dificultosamente se levantará cargado. Y el que cae ciego, no se levantará ciego solo; y, si se levantare solo, encaminará por donde no conviene» (cap.1, 5-11).
San Francisco de Sales, que tanto valoró a santa Teresa de Jesús, escribirá bellamente y con profundidad sobre la necesidad y el bien de tener un director espiritual:
«¿Quieres emprender con seguridad el camino de la devoción? Busca un hombre que te guíe y acompañe. Esta es la advertencia de las advertencias. «Por más que busques -dice el devoto Juan de Avila-, jamás encontrarás tan seguramente la voluntad de Dios como por el camino de esta humilde obediencia, tan recomendada y practicada por todos los antiguos devotos. […] El amigo fiel, dice la Sagrada Escritura, es una excelente protección; el que lo ha encontrado, ha encontrado un tesoro. El amigo fiel es una medicina de vida y de inmortalidad; los que temen a Dios la encuentran». Estas divinas palabras se refieren, principalmente, a la inmortalidad, para alcanzar la cual es menester, ante todo poseer este amigo fiel que guíe nuestras acciones con sus avisos y consejos, y nos guarde, por este medio, de las asechanzas y engaños del maligno. Este amigo será, para nosotros, como un tesoro de sabiduría en nuestras aflicciones, tristezas y caídas; medicamento, que aliviará y consolará nuestros corazones, en las dolencias del espíritu; nos librará del mal y procurará nuestro mayor bien, y, si alguna vez caemos en enfermedad, impedirá que sea mortal y nos sacará de ella» (cap. IV).
3. Los estragos que puede hacer un mal director espiritual
Los escritos de santa Teresa de Jesús, «pone[n] en evidencia, ante todo, su sufrimiento personal y sucesivamente, la que se genera en sus monasterios, el padecimiento por la incompetencia de confesores que eran causa de turbación y de desorientación, en vez de ser de paz y de luz evangélica. Ello hace ver hasta que punto llegó su preocupación para asegurar a sus monasterios con “buenos confesores” y “sabios maestros espirituales”, cuando describe con fuerza en sus escritos la calidad y la doctrina y la sabiduría que debían poseer para guiar a sus hijas y a los creyentes que buscaban la perfección»[5].
Del sufrimiento que le provocaron confesores medio letrados, son estos pasajes del libro de su Vida: «gran daño hicieron a mi alma confesores medio letrados […] Lo que era pecado venial decíanme que no era ninguno; lo que era gravísimo mortal, que era venial» (V 5,3); «Estaba todo el daño en no quitar de raíz las ocasiones y en los confesores, que me ayudaban poco» (V 6,4); «lo que se padece con los confesores que no lo entienden» (V 20,21). De ello también hará memoria en Camino de Perfección, para concienciar de ello a sus hijas: «A mí me acaeció tratar con uno cosas de conciencia que había oído todo el curso de teología, y me hizo harto daño en cosas que me decía no eran nada; y sé que no pretendía engañarme ni tenía para qué, sino que no supo más. Y con otros dos o tres, sin éste, me acaeció» (C 5, 3).
San Juan de la Cruz considerará que sin un buen maestro es muy difícil llegar a la perfección; con un mal maestro es muy fácil extraviarse o paralizarse, y en este tema de gran trascendencia ha de mirarse cuidadosamente «porque los negocios de Dios con mucho tiento y muy a ojos abiertos se han de tratar» (Ll 3,56).
Ve san Juan de la Cruz al “director espiritual” como el valioso instrumento dispuesto por Dios para llevar más pronto y más fácilmente al encuentro con el Amado. Por ello se muestra tremendamente exigente con aquellos directores que entorpecen y estropean el camino de las almas.
Las reflexiones sobre el mal maestro están recogidas en unos conocidos números de Llama de amor viva: los números treinta al sesenta y dos de la canción tercera. No es un desahogo ni un enfado momentáneo el que refleja este pequeño tratado sobre la dirección espiritual que hay en el interior de Llama de amor viva, es más que eso. Es el reconocimiento del papel trascendental que desempeña el maestro en el dinamismo de la vida cristiana. Ello se puede reconocer en las palabras que introduce el tema: «El alma que quiere ir adelante» (L 3, 30). Dos reflexiones añade además: la delicadeza de estos negocios y el influjo que ejerce el maestro. «Los negocios de Dios con mucho tiento y muy a ojos abiertos se han de tratar» (L 3,56). «Cual fuere el maestro, tal será el discípulo» (L 3, 30). Por eso hablará de «muchos maestros espirituales que hacen mucho daño a muchas almas» (L 3, 31). Es decir, él ve la necesidad de maestro pero a la vez denuncia los estragos causados por los malos maestros, con sus severas advertencias no desea más que haya buenos directores de espíritu.
En la descripción de los fallos que tienen los malos directores espirituales, seguimos la agrupación temática que ha realizado Alejo Navarro, en su precioso libro Al paso de Dios, al paso del Hombre:
«El primer fallo, la ignorancia. Son negocios delicados y es preciso saber. El santo se refiere tanto a la ignorancia teórica (“demás de ser sabio y discreto”) como a la ignorancia práctica (“ha menester ser experimentado”) (L 3,20). La ignorancia del maestro impide el crecimiento porque cierra el paso a la contemplación y frena la vida del dirigido en un estadio meramente discursivo (cf. L 3, 31). Aunque la referencia inmediata es al campo de la oración, es aplicable sin embargo al conjunto de la vida cristiana: modos rateros de ver las cosas, mirada natural sustrayendo a las almas a la acción permanente y directiva del Espíritu (cf. L 3, 31). Esta ignorancia lleva al maestro a desconocer los tiempos de Dios, cambiando en su momento la intensa actividad de las potencias por el sosiego, la quietud y la receptividad (cf. L 3, 33). Este permanente recurso a la actividad de las potencias (“martillar y macear con las potencias como herrero”, L 3, 43) impide el crecimiento y en ocasiones supone un retroceso desde la contemplación al discurso (cf. L 3, 53) porque, debido a su ignorancia, el maestro confunde contemplación con ociosidad (cf. L 3, 53).
El segundo fallo, la suplantación del Espíritu Santo. El mal director se considera el principal agente de la santificación, tratando de desbancar al Espíritu Santo (cf. L 3, 46). Por eso trata el mal director de “acomodar a las almas a su modo y condición” (3, 46). Esta confusión de papeles es de extrema gravedad. Por eso advertirá el santo enérgicamente: “Adviertan los que guían a las almas que el principal agente y guía y movedor de las almas en este negocio no son ellos, sino el Espíritu Santo, que nunca pierde cuidado de ellas” (L 3, 46). Llevada hasta el final esta suplantación, el director puede convertirse en el destructor de la obra de Dios en las almas: “hacen a Dios grande injuria y desacato metiendo su tosca mano donde Dios obra; porque le ha costado mucho a Dios llegar a estas almas hasta aquí” (L3, 54). Al tiempo que deshacen la obra de Dios e impiden el adelantamiento espiritual, quitan paz y sosiego al alma (cf. L 3, 55).
El tercer fallo, la temeridad. A las veces, el mayor favor que se le puede hacer a un herido grave es no tocarlo y esperar al profesional. Así en las cosas del espíritu. Es temerario intervenir en lo que no se sabe (cf. L 3, 56). He aquí otro de los fallos del mal director. Su falta de tacto, sabiduría y atención le llevan a un actuar atolondrado y temerario que puede causar grandes males.
El cuarto fallo, el afán posesivo. Es despropósito grave del director el considerarse dueño del alma, tanto que puede llegar a veces a “no dejar salir a un alma de su poder” (L 3, 57). Este afán posesivo puede llegar hasta una verdadera tiranía de las almas (cf. L 3, 59).
El quinto fallo, la autosuficiencia. Error que consiste en pensar que uno se basta y se sobra para llevar a un alma desde la gracia inicial hasta la perfección. Error de creer que uno domina todas las fases de la vida espiritual, cuando en realidad “no todos valen para todos los sucesos” (L 3, 57). Es deficiente director quien quiere hacerlo todo, saberlo todo, serlo todo: desbastador, entallador, pulidor, pintor (cf. L 3, 58), hay de por medio soberbia y presunción (cf. L 3, 59).
El sexto fallo, el uniformismo. El mal director no acepta que Dios lleve a las almas por diferentes caminos (cf. 3,59); por eso y porque en el fondo quiere que todas vayan por donde ha ido él, se puede ejercer una dirección agobiante y tiránica, lejos de esa libertad y holgura de espíritu (cf. 3, 61) con que Dios lleva a su hijos.
El séptimo fallo, los celos. Error que consiste en disgustarse de que el alma se sirva de otras mediaciones para progresar; se encienden los celos de que otro sepa más, goce de mayor experiencia y sabiduría (cf. L 3, 59), cuando lo bueno sería alegrarse de que el alma que ha pasado por sus manos, busque mejoría (cf. L 3, 61).
El octavo fallo, impedir positivamente la entrega. Es el fallo que el santo fustiga con más severidad. “Anda Dios ungiendo algunas almas con ungüentos de santos deseos y motivos de dejar el mundo y mudar la vida o estilo, y servir a Dios… y ellos… o se lo dificultan, o se lo dilatan, o, lo que peor es, por quitárselo del corazón trabajan” (L 3, 62). Maestros que ni entran ni dejan entrar. Las palabras del santo tienen aquí ese regusto evangélico de las severas admoniciones del Señor a los escribas y fariseos (cf. Lc 11, 52)»[6].
San Juan de la Cruz, da como advertencia, «a las almas que Dios llega a estas delicadas unciones, que miren lo que hacen y en cúyas manos se ponen, porque no vuelvan atrás!» (Ll B 3,27). Santa Teresa de Jesús instará a sus hijas y a todos los que inician camino de oración «aunque en este primer estado es menester irse más deteniendo y atados a la discreción y parecer de maestro; mas han de mirar que sea tal, que no los enseñe a ser sapos, ni que se contente con que se muestre el alma a sólo cazar lagartijas. ¡Siempre la humildad delante, para entender que no han de venir estas fuerzas de las nuestras!» (V 13,3).
Si el confesor retiene a la dirigida en el primer estadio de la vida espiritual, es decir en el ascetismo, cuando el Espíritu Santo la conduce a la unión transformante, le provocará mucho sufrimiento y hará estragos en su espíritu, de ello habla por experiencia propia y ajena:
«Ha menester aviso el que comienza, para mirar en lo que aprovecha más. Para esto es muy necesario el maestro, si es experimentado; que si no, mucho puede errar y traer un alma sin entenderla ni dejarla a sí misma entender; porque, como sabe que es gran mérito estar sujeta a maestro, no osa salir de lo que le manda. Yo he topado almas acorraladas y afligidas por no tener experiencia quien las enseñaba, que me hacían lástima, y alguna que no sabía ya qué hacer de sí; porque, no entendiendo el espíritu, afligen alma y cuerpo, y estorban el aprovechamiento. Una trató conmigo, que la tenía el maestro atada ocho años había a que no la dejaba salir de propio conocimiento, y teníala ya el Señor en oración de quietud, y así pasaba mucho trabajo» (V 13,14).
Contra estos directores, san Juan de la Cruz, echará duras advertencias:
«Mas es tanta la mancilla y lástima que cae en mi corazón ver volver las almas atrás, no solamente no se dejando ungir de manera que pase la unción adelante, sino aun perdiendo los efectos de la unción, que no tengo de dejar de avisarlas aquí acerca de esto lo que deben hacer para evitar tanto daño, aunque nos detengamos un poco en volver al propósito (que yo volveré luego a él), aunque todo hace a la inteligencia de la propiedad de estas cavernas. Y por ser muy necesario, no sólo para estas almas que van tan prósperas, sino también para todas las demás que andan en busca de su Amado, lo quiero decir» (L 3,56).
Santa Teresa de Jesús dice a sus monjas que si no procuran práctica de virtudes quedarán enanas en la vida espiritual. Pero puede acontecer, y de hecho acontece, que hay directores espirituales que desean de verdad ser santos, procuran ser virtuosos, han adquirido una amplia formación teológica, se entregan abnegadamente al servicio de la dirección espiritual, pero no permiten a sus dirigidas que abandonen la vida ascética. Ello acontece posiblemente no por falta suya, sino del fundador de una “asociación de fieles”.
Cuando uno de sus miembros un día apareció con los estigmas, le dijo el fundador muy serio que pidiera a Dios que le quitara aquello, “que lo nuestro es lo ordinario”, y así sucedió. Este fundador sin querer se inmiscuyó en el ámbito de Dios, que «hace gracia a quien hace gracia y tiene misericordia de quien tiene misericordia» (Ex 33,19). Ello es algo que nos lo recuerda constantemente santa Teresa de Jesús, tanto la persona que recibe las gracias místicas como los responsables eclesiales de estas personas deben «Dejar hacer al Señor de la casa; sabio es, poderoso es, entiende lo que os conviene y lo que le conviene a El. […] Juicios son suyos, no hay que meterse en ellos» (C 27,7). Por los frutos parece que Dios accedió a la petición de este fundador, y a sus hijos los ha dejado en la vida espiritual ordinaria, no elevándolos a estadios de vida espiritual superior, de modo que por mucho que tengan deseos de ser santos y sean generosos en su entrega al Señor, no dejan casi nunca el estadio de la vida ascética. Ni los directores espirituales de esta asociación permiten que superen este estadio, sus dirigidos y dirigidas. Incluso los que por su cargo eclesial sólo lo pueden desempeñar adecuadamente viviendo una profunda unión espiritual con el Señor[7].
En este caso es importante tener en consideración la vocación a la que está llamada la carmelita, que es vivir en la máxima unión con el Señor hasta llegar al matrimonio espiritual, para que sus oraciones sean tan poderosas ante Dios, que unida a Cristo coopere a la transformación de la Iglesia y a la redención de la humanidad. Para no frustrar este llamamiento, por el que se ha dejado todo lo que le podía ofrecer legítimamente la vida en otro estado, debe recordar tanto la priora como cada una de las hermanas la advertencia de la santa Madre Teresa: «No consintamos, oh hermanas, que sea esclava de nadie nuestra voluntad, sino del que la compró por su sangre» (C 4,8). Para ello se debe tener una gran libertad espiritual, y hacer lo que mejor convenga, ya que como dice san Pablo, «Si con alguno tenéis deudas, que sean de amor» (Rm 13,8), este amor expresado en una oración ardiente por el progreso espiritual del que debía ser el que dirigiera el espíritu, pero no es posible, ya que no puede brindar la ayuda que necesita la carmelita para progresar. En la eternidad nos agradecerá que hayamos usado de la libertad espiritual y hayamos orado ardientemente por su progreso espiritual, ya que de otro modo se le perjudicaría a él seriamente, ya que como dice san Juan de la Cruz:
«Pero éstos por ventura yerran por buen celo, porque no llega a más su saber. Pero no por eso quedan excusados en los consejos que temerariamente dan sin entender primero el camino y espíritu que lleva el alma, y, no entendiéndola, en entremeter su tosca mano en cosa que no entienden, no dejándola a quien la entienda. Que no es cosa de pequeño peso y culpa hacer a un alma perder inestimables bienes, y a veces dejarla muy bien estragada por su temerario consejo. Y así, el que temerariamente yerra, estando obligado a acertar, como cada uno lo está en su oficio, no pasará sin castigo, según el daño que hizo. Porque los negocios de Dios con mucho tiento y muy a ojos abiertos se han de tratar, mayormente en cosa de tanta importancia y en negocio tan subido como es el de estas almas, donde se aventura casi infinita ganancia en acertar, y casi infinita pérdida en errar» (Ll B 3, 56).
Puede suceder otra situación que es mucho peor, y que santa Teresa de Jesús no dejará de reflejar en Camino de Perfección, «si en el confesor se entendiere va encaminado a alguna vanidad, todo lo tengan por sospechoso, y en ninguna manera, aunque sean buenas pláticas, las tengan con él, sino con brevedad confesarse y concluir. Y lo mejor sería decir a la prelada que no se halla bien su alma con él y mudarle. Esto es lo más acertado, si se puede hacer sin tocarle en la honra» (C 4,13).
En estos casos, «lo más acertado será procurar hablar a alguna persona que tenga letras» (C 4,14), para no hacer daño al confesor y no sean susceptibilidades sin fundamento. Pero si hubiera fundamento, lo mejor es «que al principio lo atajen por todas las vías que pudieren y entendieren con buena conciencia lo pueden hacer» (C 4,15). Ello puede suceder no sólo con una hermana, sino con la comunidad entera, por ello lo advierte severamente: «A todas las monjas bastaría a turbar, porque sus conciencias les dice al contrario de lo que el confesor y si las aprietan en que tengan uno solo, no saben qué hacer ni cómo se sosegar; porque quien lo había de quietar y remediar es quien hace el daño. Hartas aflicciones debe haber de éstas en algunas partes. Háceme gran lástima, y así no os espantéis ponga mucho en daros a entender este peligro» (C 4, 16).
4. ¿Cómo debe ser el director espiritual?
Si santa Teresa de Jesús experimentó el daño que pueden hacer los confesores medio letrados, también constató que los grandes letrados fueron quienes entendieron la acción del Espíritu Santo en ella, como san Francisco Borgia, san Pedro de Alcántara y le confirmaron que lo que acontecía en su interior era obra de Dios.
Por ella quedará amiga de grandes letrados, y recomendará por experiencia propia que sus hijas busquen maestros espirituales que tengan letras:
«Así que importa mucho ser el maestro avisado -digo de buen entendimiento- y que tenga experiencia. Si con esto tiene letras, es grandísimo negocio. Mas si no se pueden hallar estas tres cosas juntas, las dos primeras importan más; porque letrados pueden procurar para comunicarse con ellos cuando tuvieren necesidad. Digo que a los principios, si no tienen oración, aprovechan poco letras; no digo que no traten con letrados, porque espíritu que no vaya comenzado en verdad yo más le querría sin oración; y es gran cosa letras, porque éstas nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz y, llegados a verdades de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos: de devociones a bobas nos libre Dios» (V 13,16).
«Mi opinión ha sido siempre y será que cualquier cristiano procure tratar con quien las tenga buenas, si puede, y mientras más, mejor; y los que van por camino de oración tienen de esto mayor necesidad, y mientras más espirituales, más» (V 13, 17).
«Aunque el confesor lo tenga todo, algunas veces se haga lo que digo; porque ya puede ser él se engañe, y es bien no se engañen todas por él; procurando siempre no sea cosa contra la obediencia, que medios hay para todo, y vale mucho a las almas, y así es bien por las maneras que pudiere lo procure» (C 4,4).
«Y no se engañe con decir que letrados sin oración no son para quien la tiene. Yo he tratado hartos, porque de unos años acá lo he más procurado con la mayor necesidad, y siempre fui amiga de ellos, que aunque algunos no tienen experiencia, no aborrecen al espíritu ni le ignoran; porque en la Sagrada Escritura que tratan, siempre hallan la verdad del buen espíritu. Tengo para mí que persona de oración que trate con letrados, si ella no se quiere engañar, no la engañará el demonio con ilusiones, porque creo temen en gran manera las letras humildes y virtuosas, y saben serán descubiertos y saldrán con pérdida» (V 13,18).
«He dicho esto porque hay opiniones de que no son letrados para gente de oración, si no tienen espíritu. Ya dije es menester espiritual maestro; mas si éste no es letrado, gran inconveniente es. Y será mucha ayuda tratar con ellos, como sean virtuosos. Aunque no tenga espíritu, me aprovechará, y Dios le dará a entender lo que ha de enseñar y aun le hará espiritual para que nos aproveche. Y esto no lo digo sin haberlo probado y acaecídome a mí con más de dos. Digo que para rendirse un alma del todo a estar sujeta a solo un maestro, que yerra mucho en no procurar que sea tal, si es religioso, pues ha de estar sujeto a su prelado, que por ventura le faltarán todas tres cosas -que no será pequeña cruz- sin que él de su voluntad sujete su entendimiento a quien no le tenga bueno. Al menos esto no lo he yo podido acabar conmigo ni me parece conviene» (V 13,19).
En su larga experiencia con las monjas, que tienen experiencias espirituales de todo tipo, ella las sabrá discernir con gran agudeza espiritual, las que procede del espíritu del mal, de la flaqueza psicológica de la persona (F 8, 1-8), por ello antes de ir con un director espiritual recomendará a sus monjas:
«conviene mucho que se trate claridad de su oración cada hermana con la priora, y ella tenga mucho aviso de mirar la complexión y perfección de aquella hermana, para que avise al confesor, porque mejor se entienda, y le escoja a propósito, si el ordinario no fuere bastante para cosas semejantes. Tengan mucha cuenta en que cosas como éstas no se comuniquen, -aunque sean muy de Dios, ni mercedes conocidas milagrosas-, con los de fuera, ni con confesores que no tengan prudencia para callar, porque importa mucho esto, más de lo que podrán entender, y que unas con otras no lo traten. Y la priora, con prudencia, siempre la entiendan inclinada más a loar a las que se señalan en cosas de humildad y mortificación y obediencia, que a las que Dios llevare por este camino de oración muy sobrenatural, aunque tengan todas estotras virtudes. Porque si es espíritu del Señor, humildad trae consigo para gustar de ser despreciada, y a ella no hará daño y a las otras hace provecho. Porque, como a esto no pueden llegar, que lo da Dios a quien quiere, desconsolarse hían para tener estotras virtudes; aunque también las da Dios, puédense más procurar y son de gran precio para la religión. Su Majestad nos las dé. Con ejercicio y cuidado y oración no las negará a ninguna que con confianza de su misericordia las procurare» (F 8,9).
5. Comportamiento con el director espiritual
Lo primero es un gran amor a la verdad, y el buscar luz para «guardar la ley de Dios con perfección es todo nuestro bien. Sobre ésta asienta bien la oración. Sin este cimiento fuerte, todo el edificio va falso» (C 5,4). Que todo lo que perciba en su interior «vaya conforme a la Sagrada Escritura, y como un tantico torciese de esto, mucha más firmeza sin comparación me parece tendría en que es demonio» (V 25,3). «Ninguna que no vaya muy conforme a la Escritura hagáis más caso de ellas que si las oyeseis al mismo demonio» (6 M 3,4).
Después de este primer discernimiento, tratar con el director espiritual «con toda claridad y verdad» (V 30,3). Ello se lo mandaba a santa Teresa el Señor: «muchas veces me ha dicho el Señor, que no deje de comunicar toda mi alma y las mercedes que el Señor me hace, con el confesor, y que sea letrado, y que le obedezca. Esto muchas veces» (V 26,3). Advertirá a sus monjas: «Jamás haga nada, ni le pase por pensamiento, sin parecer de confesor letrado y avisado y siervo de Dios, aunque más y más entienda y le parezca claro ser de Dios; porque esto quiere Su Majestad, y no es dejar de hacer lo que El manda, pues nos tiene dicho tengamos al confesor en su lugar, adonde no se puede dudar ser palabras suyas; y éstas ayudan a dar ánimo, si es negocio dificultoso, y nuestro Señor le pondrá al confesor y le hará crea es espíritu suyo, cuando El lo quisiere; y si no, no están más obligados» (6 M 1,3,11).
Dirá en los avisos «A tu superior y confesor descubre todas tus tentaciones, imperfecciones y repugnancias para que te dé consejo y remedio para vencerlas» (n. 18).
San Francisco de Sales, en Introducción a Vida Devota, recomendará, que una vez se ha encontrado el director espiritual, después de habérselo mucho suplicado a Dios:
«este amigo ha de ser siempre para ti un ángel, es decir, cuando lo hayas encontrado, no lo consideres como un simple hombre, y no confíes en él ni en su saber humano sino en Dios, el cual te favorecerá y te hablará por medio de este hombre, en cuyo corazón y en cuyos labios pondrá lo que fuere necesario para tu bien. Debes, pues, escucharle como a un ángel, que desciende del cielo para conducirte a él. Háblale con el corazón abierto, con toda sinceridad y fidelidad, y manifiéstale claramente lo bueno y lo malo, sin fingimiento ni disimulación, y, por este medio, el bien será examinado, y quedará más asegurado, y el mal será remediado y corregido; te sentirás aliviada y regulada en los consuelos. Ten, pues, en él una gran confianza y, a la vez, una santa reverencia, de suerte que la reverencia no disminuya la confianza, y la confianza no impida la reverencia. Confía en él, con el respeto de una hija para con su padre, y respétalo con la confianza de un hijo para con su madre: en una palabra, esta amistad ha de ser fuerte y dulce, toda ella santa, toda sagrada, toda divina, toda espiritual» (cap. IV).
Al confesor letrado se le deben exponer todo lo que acontece en la oración, incluso las gracias místicas, en ello no dejará de insistir, ante todo en el libro de Las Moradas:
«Es bien que a los principios lo comuniquéis [estas mercedes del Señor] debajo de confesión con un muy buen letrado, que son los que nos han de dar la luz, o, si hubiere, alguna persona muy espiritual; y si no lo es, mejor es muy letrado; si le hubiere, con el uno y con el otro. Y si os dijeren que es antojo, no se os dé nada, que el antojo poco mal ni bien puede hacer a vuestra alma; encomendaos a la divina Majestad, que no consienta seáis engañada. Si os dijeren es demonio, será más trabajo; aunque no dirá, si es buen letrado, y hay los efectos dichos, mas cuando lo diga, yo sé que el mismo Señor, que anda con vos, os consolará y asegurará, y a él le irá dando luz para que os la dé. Si es persona que aunque tiene oración no la ha llevado el Señor por ese camino, luego se espantará y lo condenará. Por eso os aconsejo que sea muy letrado y, si se hallare, también espiritual, y la priora dé licencia para ello, porque, aunque vaya segura el alma por ver su buena vida, estará obligada la priora a que se comunique, para que anden con seguridad entrambas. […] y a las prioras lo encomiendo mucho; y que no piense que por tener una hermana cosas semejantes, es mejor que las otras; lleva el Señor a cada una como ve que es menester. Aparejo es para venir a ser muy sierva de Dios, si se ayuda; mas, a las veces, lleva Dios por este camino a las más flacas. Y así no hay en esto por qué aprobar ni condenar, sino mirar a las virtudes, y a quien con más mortificación y humildad y limpieza de conciencia sirviere a nuestro Señor, que ésa será la más santa, aunque la certidumbre poco se puede saber acá, hasta que el verdadero Juez dé a cada uno lo que merece. Allá nos espantaremos de ver cuán diferente es su juicio de lo que acá podemos entender. Sea para siempre alabado, amén» (6 M 8, 8-9).
5.6. Recomendaciones de san Juan de la Cruz al dirigido
San Juan de la Cruz, en el tratadillo sobre la dirección espiritual en el interior de Llama, también dará unas recomendaciones al dirigido. Seguimos también el esquema ofrecido por Alejo Navarro:
«La primera recomendación es elegir bien al director. “Mirar en qué manos se pone” (L 3, 30). El negocio es importante y el influjo del maestro es decisivo. Por eso, informarse bien y pensarlo bien. Es claro que para avanzar hay que ponerse en algunas manos (cf. Dichos de luz y amor, 5- 10), pero si no son manos expertas antes cegarán que iluminarán.
La segunda recomendación es no simultanear. Dos maestros ejerciendo a la vez su labor en un alma perjudican. “Y convendrá que no pierda V.R. cuidado en que ningún sacerdote ni no sacerdote se le entremeta en tratar con los novicios, pues, como sabe V. R., no hay cosa más perniciosa que pasar por muchas manos y que otros anden traqueando a los novicios” (Cta. 10).
La tercera recomendación se refiere a la posibilidad y conveniencia de tener maestros sucesivos. Puesto que no todos valen para todos los sucesos (cf. L 3,57) y hay que buscar mejoría (cf. L 3,61), habrá de considerar el dirigido cuándo un maestro ha cumplido ya su cometido y ha de ponerse en otras manos para seguir adelante. El permanecer siempre en las mismas manos, aunque sean buenas, puede detener el crecimiento. El estudiante que quiere avanzar ha de abandonar a su magnífico profesor de primaria para escuchar a nuevos profesores.
La cuarta recomendación es que en todo caso Dios es el agente principal de la santificación. Esta frase que se aplica sobre todo al director (cf. L 3,46), se ha de aplicar con igual rigor al dirigido. Aprenda el dirigido que no es él, por muy inteligente que se crea o muy activo que sea, el principal agente de su santificación. «Solo Dios es el agente” (L 3,44). “Advirtiendo, pues, el alma que en este negocio es Dios el principal agente y el mozo de ciego que la ha de guiar por la mano a donde ella no sabría ir…” (L 3,29). En hartas ocasiones la culpa de que el dirigido se mantenga en un nivel de discurso y sentidos, en una especie de neopelagianismo práctico, es del propio dirigido.
La quinta recomendación es aprender a desarrimarse de sabores y gustos, al orar y al obrar, obedeciendo al buen maestro. No se trata sólo de liberarse de las esclavitudes pecaminosas sino de liberarse del dictado del gusto y de los sentidos aunque no sean cosas pecaminosas; también al realizar obras piadosas se puede ser sensitivo y obrar al dictado del gusto. Por eso ha de ir dejando que obre Dios directa y sobrenaturalmente en el alma (cf. L 3, 44), ha de saber pasar del sentido al espíritu y del discurso a la contemplación (cf. L 3, 32), saber pasar de ser agente a ser paciente (cf. L 3, 32). El dirigido ha de vivir en Pascua permanente.
La sexta recomendación es caminar en fe, creyendo y no entendiendo. ‘‘Callando ella” (3, 44), entrando en la vida infusa (cf. 3, 50), entrando quietamente en el misterio. Esta actitud es una actitud general de vida: en todos los acontecimientos, en el conjunto general de la existencia. El dirigido no ha de resistirse a avanzar en la peregrinación de la fe.
La séptima recomendación es aprender a tener advertencia amorosa en Dios, sin detalles específicos y sin agobiarse por tener en actividad las potencias. También esto en el conjunto de la vida. Dios “oculta y quietamente anda poniendo en el alma sabiduría y noticia amorosa sin especificación de actos” (L 3, 33). “Que, pues Dios entonces en modo de dar trata con ella con noticia sencilla y amorosa, también el alma trate con El en modo de recibir con noticia y advertencia sencilla y amorosa, para que así se junten noticia con noticia y amor con amor” (L 3, 34).
La octava recomendación es aprender la pobreza espiritual (cf. L 3, 46). Aprender a recibir y a dejar hacer a Dios sin mediación de potencias (cf. L 3, 49), vaciarse en negación pura de toda criatura en pobreza espiritual. «Lo cual se entiende no sólo de la renunciación de las cosas (corporales y) temporales según la voluntad, mas también del desapropio de las espirituales, en que se incluye la pobreza espiritual, en que pone el Hijo de Dios la bienaventuranza (Mt 5, 3). Y vacando de esta manera el alma a todas las cosas, llegando a estar vacía y desapropiada acerca de ellas, que es, como habernos dicho, lo que puede hacer de su parte (el alma), es imposible, cuando hace lo que es de su parte, que Dios deje de hacer lo que es de la suya en comunicársele, a lo menos en secreto y silencio” (L 3,46)»[8].
5.7. Libertad para consultar a otros confesores o maestros de espíritu
El Vaticano II, en el Decreto Unitatis redintegratio, habla de «que hay un orden o «jerarquía» de las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana» (n.11). Si ello lo aplicamos a las enseñanzas de santa Teresa de Jesús, una de las que ella da más importancia, y por ello no se puede dejar de tener en consideración, es la libertad de las hermanas para poder consultar su vida espiritual con otros directores espirituales letrados además del confesor ordinario.
Ello lo deja prescrito en Camino de Perfección, para que en ello estén bien advertidos tanto la priora como el Obispo para que se cumpla: «Esto que aquí he dicho, téngolo visto y entendido y tratado con personas doctas y santas, que han mirado lo que más convenía a esta casa para que la perfección de esta casa fuese adelante» (C5,6). Insistirá: «Y esto es lo que se hace ahora, y no por solo mi parecer; porque el obispo que ahora tenemos, […] Don Álvaro de Mendoza, […] hizo juntar personas de letras y espíritu y experiencia para este punto, y se vino a determinar esto. Razón será que los prelados que vinieren se lleguen a este parecer, pues por tan buenos está determinado y con hartas oraciones pedido al Señor alumbrase lo mejor; y, a lo que se entiende hasta ahora, cierto esto lo es» (C 5,7).
Santa Teresa de Jesús aduce diversos motivos por los cuales es importante que tanto las prioras como los obispos den esta libertad a sus monjas:
« No dé el Señor a probar a nadie en esta casa el trabajo que queda dicho, por quien Su Majestad es, de verse alma y cuerpo apretadas, o que si la prelada está bien con el confesor, que ni a él de ella ni a ella de él no osan decir nada. Aquí vendrá la tentación de dejar de confesar pecados muy graves, por miedo de no estar en desasosiego. ¡Oh, válgame Dios, qué daño puede hacer aquí el demonio y qué caro les cuesta el apretamiento y honra! Que porque no traten más de un confesor, piensan granjean gran cosa de religión y honra del monasterio, y ordena por esta vía el demonio coger las almas, como no puede por otra. Si piden otro, luego parece va perdido el concierto de la religión, o que si no es de la Orden, aunque sea un santo, aun tratar con él les parece les hace afrenta» (C 5,1).
«Esta santa libertad pido yo por amor del Señor a la que estuviere por mayor: procure siempre con el obispo o provincial que, sin los confesores ordinarios, procure algunas veces tratar ella y todas y comunicar sus almas con personas que tengan letras, en especial si los confesores no las tienen, por buenos que sean. Son gran cosa letras para dar en todo luz. Será posible hallar lo uno y lo otro junto en algunas personas. Y mientras más merced el Señor os hiciere en la oración, es menester más ir bien fundadas sus obras y oración» (C 5,2).
«Y atrévome más a decir, que aunque el confesor lo tenga todo, algunas veces se haga lo que digo; porque ya puede ser él se engañe, y es bien no se engañen todas por él; procurando siempre no sea cosa contra la obediencia, que medios hay para todo, y vale mucho a las almas, y así es bien por las maneras que pudiere lo procure» (C 5,4).
«Todo esto que he dicho toca a la prelada. Y así la torno a pedir que, pues aquí no se pretende tener otra consolación sino la del alma, procure en esto su consolación, que hay diferentes caminos por donde lleva Dios y no por fuerza los sabrá todos un confesor; que yo aseguro no les falten personas santas que quieran tratarlas y consolar sus almas, si ellas son las que han de ser, aunque seáis pobres; que el que las sustenta los cuerpos despertará y pondrá voluntad a quien con ella dé luz a sus almas, y remédiase este mal, que es el que yo temo; que cuando el demonio tentase al confesor en engañarle en alguna doctrina, como sepa trata con otros iráse a la mano y mirará mejor, en todo, lo que hace. Quitada esta entrada al demonio, yo espero en Dios no la tendrá en esta casa; y así pido por amor del Señor al obispo que fuere, que deje a las hermanas esta libertad y que no se la quite, cuando las personas fueren tales que tengan letras y bondad»(C 5,5)
Advertirá también «que nunca haya vicario que tenga mano de entrar y salir, ni confesor que tenga esta libertad; sino que éstos sean para celar el recogimiento y honestidad de la casa y aprovechamiento interior y exterior, para decirlo al prelado cuando hubiere falta; mas no que sea él superior» (C 5,6).
8. Alcanzar de Dios, directores espirituales sabios y competentes
La Iglesia, después de una larga historia en la que se ha dado el gran bien que han hecho los directores espirituales, pero también el dominio despótico que algunos han ejercido sobre las personas que dirigían, ha tomado una postura prudente en este tema.
En el Decreto Perfectae Caritatis sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, habla tan sólo que los superiores que deben dar cuenta a Dios de las almas a ellos encomendadas, deben gobernarlos «como a hijos de Dios y con respeto a la persona humana. Por lo mismo, especialmente, déjenles la debida libertad por lo que se refiere al sacramento de la penitencia y a la dirección de conciencia» (n.14). En este mismo decreto habla como obligación de los superiores el «procurar que los directores, maestros de espíritu y los profesores sean bien seleccionados y cuidadosamente preparados» (n.18).
El Código de Derecho Canónico recoge las disposiciones de Perfectae Caritatis, pero explicita que los superiores deben velar que tengan confesores idóneos:
«Los Superiores reconozcan a los miembros la debida libertad por lo que se refiere al sacramento de la penitencia y a la dirección espiritual, sin perjuicio de la disciplina del instituto.
De acuerdo con la norma del derecho propio, los Superiores han de mostrarse solícitos para que los miembros dispongan de confesores idóneos, con los que puedan confesarse frecuentemente.
En los monasterios de monjas, casas de formación y comunidades laicales más numerosas, ha de haber confesores ordinarios aprobados por el Ordinario del lugar, después de un intercambio de pareceres con la comunidad, pero sin imponer la obligación de acudir a ellos.
Los Superiores no deben oír las confesiones de sus súbditos, a no ser que éstos lo pidan espontáneamente.
Los miembros deben acudir con confianza a sus Superiores, a quienes pueden abrir su corazón libre y espontáneamente. Sin embargo, se prohíbe a los Superiores inducir de cualquier modo a los miembros para que les manifiesten su conciencia» (Can 630).
Quince años después de que finalizara el Vaticano II, en un documento titulado La dimensión contemplativa de la vida religiosa fruto de la Asamblea Plenaria de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos seculares, que tuvo lugar en marzo de 1980, explicitará con mayor profundidad la importancia de la dirección espiritual y el distinción entre el servicio que hace el superior hacia los miembros de su instituto y la dirección espiritual propiamente dicha:
«También la dirección espiritual en sentido estricto merece recobrar su propia función en el desarrollo espiritual y contemplativo de las personas. De hecho, nunca podrá ser sustituida por inventos psíquico-pedagógicos.
Por eso aquella dirección de conciencia, para la cual Perfectae caritatis 14 reclama la debida libertad, habrá de ser facilitada por la disponibilidad de personas competentes y calificadas.
Tal disponibilidad será ofrecida ante todo por los sacerdotes, pues ellos, por su misión pastoral específica, promoverán su estima y participación fructuosa. Pero también los otros superiores y formadores, consagrándose al cuidado de cada una de las personas que les han sido confiadas, contribuirán, si bien de otra manera, a guiarlas en el discernimiento y la fidelidad a su vocación y misión» (n.11).
Con ello vemos, después de un tiempo en el que estuvo en crisis la dirección espiritual, los documentos de la Iglesia, vuelven a remarcar la importancia de la misma. Pero también es cierto que hay una verdadera dificultad en encontrar directores espirituales competentes. San Juan de la Cruz, reconocerá lo difícil que es dar con uno bueno: «apenas se hallará un guía cabal» (L 3, 30). Santa Teresa de Jesús hará esta misma constatación: «yo no hallé maestro, digo confesor, que me entendiese, aunque le busqué, en veinte años» (V 4,7). San Francisco de Sales, en Introducción a la Vida Devota, dirá: «Y, para esto, escoge uno entre mil, dice [san Juan de] Ávila, y añado yo: entre diez mil, porque son muchos menos de lo que parece los capaces de desempeñar bien este oficio. Ha de estar lleno de caridad, de ciencia, de prudencia: si le falta una sola de estas tres cualidades, es muy grande el peligro. Pero, te lo repito de nuevo, pídelo a Dios, y, una vez lo hayas alcanzado, sé constante, no busques otros, sino camina con sencillez, humildad y confianza, y tendrás un viaje feliz» (cap. IV).
Poder tener un director espiritual que ayude en el camino, al ser un verdadero don de Dios, insta suplicárselo: «pide a Dios, con gran insistencia, que te procure uno según su corazón, y no dudes; porque, aunque fuere menester enviarte un ángel del cielo, como lo hizo con el joven Tobías, te dará uno bueno y fiel» (cap IV).
Lo mismo recomendará, la madre Teresa a sus monjas: «Había de ser muy continua nuestra oración por estos que nos dan luz. ¿Qué seríamos sin ellos entre tan grandes tempestades como ahora tiene la Iglesia? Si algunos ha habido ruines, más resplandecerán los buenos. Plega al Señor los tenga de su mano y los ayude para que nos ayuden» (V 12,21). Suplicar a Dios que dé un buen director espiritual, también lo recomendará a los laicos: «Pues si es seglar, alabe a Dios que puede escoger a quien ha de estar sujeto, y no pierda esta tan virtuosa libertad; antes esté sin ninguno hasta hallarle, que el Señor se le dará, como vaya fundado todo en humildad y con deseo de acertar» (V 13,19).
A su vez instará a las monjas a que valoren la abnegación que ha supuesto para los directores de espíritu adquirir la luz que les beneficia: «Espántanme muchas veces letrados, religiosos en especial, con el trabajo que han ganado lo que sin ninguno, más que preguntarlo, me aproveche a mí. […] Véolos sujetos a los trabajos de la religión, que son grandes, con penitencias y mal comer, sujetos a la obediencia, que algunas veces me es gran confusión, cierto; con esto, mal dormir, todo trabajo, todo cruz» (V 13, 20). «Yo le alabo mucho, y las mujeres y los que no saben letras le habíamos siempre de dar infinitas gracias, porque haya quien con tantos trabajos haya alcanzado la verdad que los ignorantes ignoramos» (V 13,19)
Se debe pedir con la confianza a Dios buenos directores espirituales, con la seguridad que escuchará esta oración, ya que es conforme a su voluntad: «¡Bendito seáis vos, Señor, que tan inhábil y sin provecho me hicisteis! Mas aláboos muy mucho, porque despertáis a tantos que nos despierten» (V 13,21).
Pero también es cierto, que si lo que suplicamos a Dios, se ha hecho mal uso, nuestras oraciones no serán escuchadas. Por ello en primer lugar es necesario que pidamos perdón a Dios de los pecados que se han cometido por el mal uso que se ha podido hacer de la dirección espiritual en toda la historia de la Iglesia y en nuestro presente, perdonar también a los que nos hayan hecho sufrir en ello, y ofrecer reiteradamente la sangre de Cristo como reparación de tantos pecados o faltas que han existido en este tema. Luego suplicar a Dios que por su gran misericordia conceda a la Iglesia y a las contemplativas en particular tener este maestro o maestros de espíritu, que sean a la vez sabios, santos, prudentes y dispuestos a dedicar parte de su tiempo a la dirección espiritual, de este modo las contemplativas puedan ofrecer un mayor servicio a la Iglesia con su oración.
En particular oremos por los padres carmelitas descalzos, que fueron fundados en primer lugar, para que fuesen buenos directores espirituales de sus hermanas las carmelitas descalzas: «profesasen lo mismo que ellas, y tubiesen el mismo lenguaje de espíritu para confesarlas y doctrinarlas, porque assí se conservasen en el espíritu y santidad que avían empezado»[9].
Y que estos habiendo adquirido letras, haber progresado en la vida espiritual, estén dispuestos a dedicar tiempo a la atención espiritual de sus hermanas, pero al ser tan pocos y mayores con tantos empeños apostólicos, nos lleva a pedir a Dios numerosas vocaciones para el Carmelo Descalzo masculina. Para ser escuchados en esta petición, en primer lugar es necesario pedir perdón por todas las vocaciones que Dios ha podido dar y se han malogrado, ofrecer la Eucaristía en reparación, luego pedirle conceda numerosas vocaciones, se sepan discernir y educar. Y los vocacionados no dejen de corresponder a la acción del Espíritu Santo, para que la vocación del Carmelo arraigue en ellos y no deje fructificar, de este modo aseguraremos que haya directores espirituales del mismo parentesco espiritual, por ello tantos desvelos tuvo la santa madre Teresa, en fundar la rama masculina del Carmelo Descalzo.
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Siglas: Obras de santa Teresa de Jesús: C. Camino de Perfección; F. Fundaciones; M. Las Moradas; V. El libro de la Vida. Obras de san Juan de la Cruz L. /Ll B. Llama de amor viva.
Notas
[1] Federico Ruiz Salvador, Caminos del Espíritu. Compendio de Teología Espiritual, Ed. de Espiritualidad 5 1998, 667.
[2] Ibid., 667-668.
[3] Ibidem
[4] Ibid., 666.
[5] C. Di Rienzo, Vivo nello Spirito. La direzione spirituales in s. Teresa d’Avila, Dehoniane, Napoli 1982. Citado por Benito Goya, Luce e guida nel cammino. Manuale di direzione spirituale, EDB Bologna 2004, 21.
[6]Alejo Navarro, Al paso de Dios, al paso del Hombre, Ed. Monte Carmelo, Burgos 2000, 185-187.
[7] A ello la autora ha dedicado muchas energías para hacer comprender esta situación espiritual, incluso al responsable último de esta asociación de sacerdotes, pero ha constatado que son irreductibles a toda argumentación, a la vez se consideran que viven la forma de vida eclesial por excelencia.
[8] Alejo Navarro, Al paso de Dios, al paso del Hombre, o.c., 187-189.
[9] Gabriel Beltrán, “Juan de Jesús Roca, Carmelita descalzo catalán”, Rev. Monte Carmelo94 (1986) 1-54, (15).

